sábado, 23 de marzo de 2013

Si.

Ellos caminaron. Era de noche. El aire todavía estaba viciado por el apuro de oficinistas del centro que en su ceguera de pre fin de semana se apuran para volver a sus casas, o a sus segundas casas,  o a sus primeras casas.  Hasta estancarse a la altura de Av. Córdoba y Callao. Mierda. Otra vez.
Caminaron separados, aproximadamente a cincuenta centímetros el uno del otro. Cincuenta centímetros. Cincuenta.
No dejaron entrar golpes bajos, ni mucho menos sentimentalismos de última hora. O de hora pasada.
Si, las palabras la volvían loca (la vuelven loca). Y su sonrisa, también.
El día que descubrieron la muerte ambos tenían siete años. Eran muy jóvenes para empezar a ser viejos.
La ciudad comenzaba a ordenarse,  el aire estaba limpio. Caminaban y estaban bien. Estaban bien y caminaban. Decidieron que era hora de comprar una cerveza en un almacén de una calle muy muy angosta que prometía aguantar hasta el día siguiente, sin cerrar. El almacenero y su ¿empleado? jugaban a las damas. Qué raro, ¿porqué no jugaban al ajedrez? ¿o al backgammon? ¿o al truco?. Salieron con dos latas de Heineken de medio litro cada una.  Demasiado temprano para tocarse.  Y ese silencio todavía imposible.

Solo tenían que existir.
Existimos, por eso caminamos. 1, 2, 3.